viernes, 28 de julio de 2017

NO YO







 Experimentar la individualidad es experimentar el cambio continuo, y este cambio está siempre sujeto a la evolución  y a la impermanencia. No hay nada de bueno ni de malo en ello, es simplemente lo que es; la razón de ser inherente a la idea de separación. Cada una de las formas que parecen emerger hacia la vida, parecen tener también su comienzo y su fin, y entre estos dos estadios opuestos, se desarrollan siempre una serie de ciclos determinantes para la transformación, a los que llamamos evolución. Así que, sí, el -yo- está inevitablemente destinado al constante cambio y a sus ineludibles consecuencias; el -yo- es una construcción energética, perteneciente al mundo de la materia y como tal, debe cumplir su propósito de nacer, existir y morir, tres ciclos que se resumen en uno solo: Transformación.

 Lo que el -yo- registra como una simulada experiencia personal, no tiene en realidad nada de personal, pero de todos modos, es así como el -yo- funciona y ese es su sentido existencial, por lo tanto no hay nada erróneo en su consecución. Lo que el -yo- haga o no haga, forma parte de su singularidad y todo es perfectamente adecuado para su propia forma de progresar, así que ya sea que se dedique a entretenerse con la televisión, con la drogas, comprando, pintando un cuadro, haciendo deporte, poniéndose enfermo, probando terapias alternativas, con la autoindagación, con la meditación... no importa cuál sea su modo de expresión, ninguna es más adecuada que la otra. Y aunque, por ejemplo, practicar Yoga y meditar puedan conseguir que el -yo- se vuelva más armonioso que si se dedica a consumir alcohol o medicamentos para obtener bienestar; y que aunque ir asiduamente a la naturaleza pueda reflejar mayor equilibrio en el individuo que asistir a partidos de fútbol, en último término, nada de esto va a conseguir devolverle al -yo- su ansiada unidad o completitud, ya que su razón de ser es precisamente lo contrario: La diversidad, ir desde un extremo al otro, ser diferente y finito.
 El -yo- depende de la dualidad, de los opuestos (blanco-negro; bien-mal) para poder manifestarse. Puede que esos opuestos se vuelvan más amables, menos intensos, una vez que la autoindagación o cualquier práctica trascendental, hayan cumplido su cometido, PERO NO DESAPARECEN; la alegría y la pena siguen surgiendo, así como cualquier otro tipo de estado de ánimo. 
 Es importante saber que la "iluminación" no tiene nada que ver con lograr un estado de bienestar o de gracia personal imperecederos, porque ésto sólo consigue prolongar la búsqueda de lo imposible. LA ILUMINACIÓN PERSONAL NO EXISTE, lo único que parece suceder es una pérdida total de identificación con un -yo- que continua manifestándose naturalmente, pero que es reconocido, impersonalmente, como un suceso que va y viene intermitentemente. Y digo <<parece suceder>>, porque una vez ocurre esta liberación, "ocurre" también un claro reconocimiento de que esa libertad, siempre estuvo ahí como la esencia misma de lo que UNO es. Lo sé, he escrito esto antes y parece ser, que lo seguiré haciendo....o no.

 Evidentemente, la identificación con la sensación de ser alguien, está a la orden del día. Esta identificación transitoria, otorga realidad a la separación, haciendo que multitud de -yoes- vivan en una jaula de escarcha, y la sensación de que unos y otros vivan bajo esas mismas rejas, les proporciona a todos una especie de alivio, ya que les reafirma a cada uno, su propia existencia particular. Pero, lo curioso aquí, es que ninguno de estos -yoes- sabe con exactitud dónde se encuentran los barrotes de su prisión, ya que a pesar de que son muy frágiles, son también transparentes. Así que aunque de alguna manera se sabe que están ahí, la mayoría prefiere optar por ignorar lo que no pueden ver, engañándose a sí mismos al renegar de su propia libertad. 
 No hay una llave, porque no hay ni una puerta ni un cerrojo en esta jaula. Esta jaula parece muy sólida, pero en realidad es vapor condensado, que al volverse líquido, se puede atravesar. Cada pensamiento es como una molécula de vapor que se expande y desaparece sin llegar a tomar una forma evidente. Es inocente, casi imperceptible y fugaz, pero en cada sensación de pertenencia que se retiene hacia cada uno de esos pensamientos que aparecen, hacen que ese vapor se condense hasta tal punto, que llega a tomar dominio duradero del lugar en el que encarnó: Se congela. 

Cada pensamiento, cada -yo-, es un granizo que erige la gran jaula, pero también es, la ilusión que sostiene a una estructura, definitivamente, caduca.

 La delgada línea que separa a la mentira de la verdad, es tan menuda como una idea venerada; tan frágil como un concepto inalterable; tan insignificante como una creencia consolidada. La existencia del -yo- depende de un pensamiento, de un pensamiento que al congelarse se torna muy real, pero que tarde o temprano, se acabará derritiendo. 








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